Las enormes columnas se levantaban austera y solemnemente sobre el campo de ruinas. Formaban un enorme templo, casi una réplica de otro existente en Olimpia (Grecia) dedicado al dios Zeus. Sin embargo, no me encontraba en tierras griegas, sino en el sur de Italia, recorriendo la antigua Paestum de los romanos y, antes de éstos, la Poseidonia de los griegos, una gran urbe repleta de incógnitas históricas donde, quizá antes que los griegos y los romanos, vivieron los míticos atlantes.

El misterio de la Atlántida
La atlántida ¿en Italia?
Porque parece que el nombre de Poseidonia tenga algo que ver con la capital homónima del desaparecido continente como la denominaba el sabio Platon en las célebres Critias y Timeo. ¿Seria italiana dicha ciudad?. En su obra, Platón describía una capital por sus murallas. En su interior se extendían grandes plazas de las que partían cal1es y canales de agua. En el centro de la urbe estaba el templo de Poseidón, revestido de oro y ornamentado en su interior con un gran número de estatuas de marfil y oro. Una escultura colosal e imponente representaba a Poseidón conduciendo seis caballos alados.
La cabeza del dios alcanzaba el techo del templo y alrededor se hallaban varias tallas de las Nereidas montadas sobre delfines. Poseidón fue el dios griego del mar y se le llamaba también “el que sacude”, pues se le atribuía el origen de los terremotos. En la mitología, Poseidón era hermano de Zeus y de Hades y se le representaba armado con un tridente y, a veces, con un delfín. Los romanos lo identificaron con Neptuno. Según Platón, el fabuloso templo de la Atlántida ostentaba multitud de estatuas de oro en su exterior, representando reyes y reinas de los atlantes. El acceso al interior del recinto estaba limitado únicamente a los sacerdotes y a determinadas personas con permisos especiales; los intrusos eran castigados con la pena de muerte.
Cadena volcánica
La Poseidonia de Italia fue durante el siglo VII a.C. una colonia de Sibaris, la ciudad fortificada que se erguía a orillas del Mar Jonio, en Calabria, y de la cual procede la palabra “sibarita” , que es sinónimo de “buen vivir”. En Poseidonia se establecieron previamente los griegos de la isla de Rodas y aún antes vivió allí un pueblo de cuya existencia poco se sabe.
Situada a 80 kms al sur de Nápoles, Poseidonia está rodeada por una cadena volcanica que incluye a los famosos Vesubio, Strómboli, Etna y Vulcano. Según algunos autores, como Herri Brown, la verdadera Atlántida pudo estar situada en
el Mar Egeo, en una isla en el centro de este círculo volcánico. El descomunal estallido de una caldera volcánica habría hecho desaparecer el hipotético continente.
Hay quien plantea la posibilidad de que Paestum-Poseidonia fuera una colonia de los atlantes que lograron escapar de la destrucción de su isla, Thera, en el archipiélago de Santorín (mar Egeo), donde muchos arqueólogos ubican la mítica Atlántida. Cuenta una leyenda que Jasón y los Argonautas fundaron allí la ciudad de Poseidonia, cerca de la desembocadura del rio Sele, al sur de Italia.

La Atlántida
Los adoradores de Poseidón
Al dios del mar le rendían culto los habitantes de Poseidonia-Paestum en un enorme templo hecho con piedra caliza de origen marino recubierta con estuco. Según los arqueólogos, fue erigido alrededor del 450 es decir, en la misma época que el Partenón de Atenas. Prueba de la extraordinaria solidez de la cons-trucción son sus numerosos pivotes de bronce, soldados con plomo para asegurar mejor los bloques y evitar deslizamiento, en caso de terremoto.
La construcción es tan sólida que superó el terrible terremoto y la erupción volcánica del Vesubio del año 79 d.C., que destruyó las ciudades vecinas de Pompeya y Herculano. Los bloques de piedra caliza que hoy se ven en Paestum proceden de capas profundas del banco de arenisca sobre el que se levanta la ciudad. Esas piedras tienen la peculiaridad de endurecerse progresi-vamente en contacto con el aire, llegando a adquirir con el tiempo una gran resistencia. Algunos de los grandes bloques de las columnas pesan entre 20 y 30 toneladas.
Ciertas hipótesis mantienen que los constructores, como no conocían los cabrestantes, construyeron plataformas para subir las piezas que forman los tecbos, arrastrándolos con ayuda de bueyes. El célebre historiador griego Herodoto, que vivió cuando se estaba levan-tando el templo de Poseidón, describió potentes máquinas que podrían parecerse a las empleadas en la construcción de las pirámides. Dentro del templo se hallaron numerosas estatuillas o exvotos de terracota y ajuares que indican que allí también se rendía culto a la diosa Hera, la Juno de los romanos.
La ciudad de Síbaris
El templo está orientado de Oeste a este, con seis poderosas columnas frontales. En su interior existía una cámara del tesoro y su salón principal, a ejemplo de los templos egipcios, sólo admitía la presencia de sacerdotes y vestales. Los sacrificios y las ceremonias religiosas tenían lugar fuera, frente a la fachada oriental del edificio. Sin embargo, a mi lo que más me impresionó al recorrer el vasto campo de ruinas de Poseidonia fueron sus murallas cicló-peas. ¿Serian idénticas a las que describía Platón como pertenecientes a la Atlántida? Algunos bloques alcanzan más de 3 metros de longitud y pueden pesar más de 5 toneladas.
Su perímetro alcanza casi 5 kilómetros, con unos 15 metros de altura y un espesor que varía entre 5 y 7 metros. Están intercaladas por 24 torres redondas y cuadradas y en otros tiempos las rodeaba un profundo canal. Según las estimaciones de los arqueólogos, se remontan al siglo V a.C. Mucho antes de que se asentaran allí griegos, romanos y cristianos, que llegaron
a ocupar el mismo espacio en tiempos muy diferentes, existió una necrópolis prehistórica, construida hace cerca de 4.000 años. Fue descubierta casualmente en 1943 por tropas americanas durante la construcción de un aeropuerto militar.
Estrabón, geógrafo griego del siglo 1 a.C., contaba que los griegos de Síbaris habían creado una ciudad fortificada en los alrededores del río Sele y habían extendido su influencia por los territorios cercanos.
En el siglo VII a.C. se comparaba a esta urbe con Atenas; era famosa por su riqueza, lujo y placeres carnales, pero desapareció bajo las aguas y no se volvió a saber de ella hasta que arqueólogos de la Universidad de Pensilvania llevaron a cabo investigaciones en el golfo de Tarento y descubrieron estructuras enterradas a 6 metros de profundidad en un terreno pantanoso. Se cree que cuando se realicen tan complejas excavaciones se podrían encontrar templos y tesoros de valor incalculable. Según cuenta Solino, un escritor romano del siglo III d.C., sus habitantes fueron expulsados por los aqueos. Otros autores opinan que la ciudad fue invadida por las aguas. Los sibaritas fundaron varias colonias en la región surde Italia y llamaron a su ciudad Poseidonia, en honor al dios que les protegía en sus recorridos marítimos.
Entre los colonos de Síbaris también estaban los de Trezene, ciudad griega que era la única donde se veneraba a una misteriosa diosa a la que denominaban Damia, uno de los nombres secretos de la Diosa Madre de las religiones mistéri-cas, unos cultos secretos que practicaban los habitantes de la antigua Grecia. A Damia se le atribuían poderes extraordinarios y en el santuario de Santa Venera, situado un poco más al sur de Poseidonia, se decía que tenían lugar curaciones milagrosas.
En el siglo V a.C. los lucanos, un pueblo itálico procedente de la cordillera de los Apeninos Medios, invadieron algunas regiones cercanas a Poseidonia. Su influencia se deja ver en el arte de los sibaritas, principalmente en los magníficos frescos que actualmente pueden ser contemplados en el Museo de Paestum.
Una raza misteriosa
Si examinamos algunas de las tumbas expuestas en este museo veremos que las sepulturas contenían vasijas de cerámica, armas de sílice o cobre y diversos restos pertenecientes a un pueblo de braquicéfalos (individuos con cráneo pequeño) y de estatura más alta que la mayoría de las poblaciones de la Italia prehistórica. ¿De dónde procedía esta raza? Ciertos arqueólogos la asocian con un contingente humano llegado desde algún lugar de Asia Menor hacia el 2400 a.C. Los datos más interesantes que nos legaron están plasmados en el interior de las propias tumbas: preciosas pinturas realistas que muestran escenas del más allá, de su mundo mitológico y también de la vida cotidiana, al igual que ritos funerarios o incluso flirteos entre individuos del mismo sexo.
En la planta superior del Museo de Paestum pude contemplar algunas tumbas abiertas donde, a modo de paneles, se exponían unas pinturas que aún transpira-ban frescor. Una mostraba una extraña entidad humana o semi-humana, cuya cabeza era desproporcionadamente más grande que el cuerpo. Según las guías del museo se trata de un ejemplo de arte lucano -pueblo que influyó sobre Poseidonia- y representa a Caronte, el enigmático barquero de la mitología griega que conducía a las almas al más allá, acompañado por el perro Cancerbero.
Curiosamente, en las antiguas culturas centroamericanas creían también en una especie de perro sagrado, guardián del mundo de los muertos. Bajo la misma pintura, situada en la pared interior de una de las tumbas, aparece la escena de una procesión que lleva a un carnero dispuesto para el sacrificio. Según Platón, en la Atlántida -al igual que en Creta- se realizaba el sacrificio ritual de un toro.
La conexión americana
Según la arqueóloga rumana Marija Gimbutas. la presencia en Europa y Anatolia durante todo el Neolítico (entre 5000 y 2500 a.C.) y el Calcolítico (período de transición entre el Neolítico y la Edad del Bronce) de galones, cruces y esvásticas en los pechos femeninos, bien por debajo de éstos o en los brazos, sugiere una identificación de la lluvia con la leche materna, una antiquísima y extendida creencia que asociaba a las divinidades femeninas con las aguas pluviales. Estaríamos hablando, en este caso, de estatuas propiciatorias, posiblemente destinadas a presidir ritos para solicitar las lluvias en época de sequía.
En tiempos remotos, una bella isla próspera y poderosa dominaba un vasto imperio que se extendía hasta Africa y Europa. Sus habitantes estaban avezados en el arte de la guerra pero, castigados por la furia de los dioses, fueron tragados por las aguas del mar. Esto era, en síntesis, lo que contaba el sabio Platón sobre el fin de la Atlántida. La civilización que Platón describió era muy semejante a la de los minoicos que vivieron en la isla de Creta. Poseían grandes conocimientos sobre metalurgia, ingeniería, construcciones de canales, túneles, puertos e incluso desarrollaron una especie de aire acondicionado para las casas e instalaciones sanitarias semejantes a las actuales. Los minoicos también habitaron una isla llamada Thera, situada en el archipiélago de las Santorini, en pleno mar Egeo, entre Grecia, Creta y Turquía.
Se trataba de una isla volcánica que estalló completamente hacia 1470 a.C. El cráter, de 1.500 metros de altura, emergió con tal violencia que la parte central de la isla se hundió más de 360 metros por debajo del nivel del mar. Lo poco que queda de ella es lo que hoy se conoce por isla Santorini. Bajo cenizas volcánicas con más de 30 metros de espesor se encontraron allí ruinas del Imperio Minoico. Varios investigadores han asociado el fin de la Atlántida con la isla de Thera Santorini, basándose en que tal vez Platón interpretó erróneamente los escritos de su antepasado, Solón, que recogió la historia del cataclismo entre los sacerdotes egipcios de Sais. Según éstos, una lectura equivocada pudo inducir al error de que el desastre ocurrió 9.000 años, en vez de 900, antes del nacimiento de Solón, época más cercana a la gran explosión volcánica en Thera. Pero Platón debería haber cometido otros errores para que aceptemos la hipótesis de que la Atlántida estuvo en alguna isla mediterránea.
El vocablo griego que significa “más grande que” es muy semejante a la frase “a medio camino”, por lo que la Atlántida podría haber estado entre Libia y Asia, en el Mar Egeo, en vez de ser “más grande que” Libia y Asia, como se ha interpretado. Las columnas de Hércules tampoco corresponderían al estrecho de Gibraltar, como se ha pensado general-mente, pues hay dos promontorios cerca de Creta que llevan el mismo nombre. Las cifras de 2 millones de kilómetros para la Atlántida de Platón se podrían reducir a 2.000 ó 20.000 kms, área perfectamente aceptable para una isla
en el mar Egeo.
El templo de Hera (la Juno romana) es el más antiguo de los recintos sagrados griegos de Poseidonia y su construcción se remonta a la mitad del siglo VI a.C. Posee cincuenta columnas, todas perfectamente conservadas, y su arquitectura es
semejante a la de otros templos encontrados en Creta, Dreros y Priniá. En el hipogeo, una construcción rectangular del siglo IV a.C., se encontraron ocho vasos de bronce, restos de tejidos y cuero y una vasija con pinturas que muestran la llegada de Hércules al Olimpo. Según el profesor Luciano Pennino, autor del libro Paestum y Velia (Salerno, 1996), el hipogeo podría ser un templete subterráneo dedicado a divinidades de la fecundidad, quizá a las ninfas, o una tumba simbólica, donde no se enterró en realidad a ningún cuerpo, consagrada al mítico fundador de Síbaris.
Los hijos de Atenea
El templo de otra divinidad, Atenea, fue edificado hacia finales del siglo VI a.C. En él se encontraron unos pozos llenos con las ofrendas de los fieles. Las más abundantes son las estatuillas en terracota que representan a esta diosa,
patrona de la sabiduría y de las artes. Dicha construcción se encuentra en la parte más alta de la ciudad.
Aquí podemos, nuevamente, encontrar una asociación con la Atlántida. “El políglota y heterodoxo extremeño Benito Arias Montano, consultó, en tiempos de Felipe II, antiguos documentos hoy desaparecidos que daban fe de que Clitone, la
mujer mortal que engendró del dios Poseidón varios hijos -entre ellos Atlas- que habrían dado origen a la raza atlante, podría ser la mismísima Minerva o Atenea a la que se rindió culto en Atenas y en Sais, en el delta del Nilo”.
Durante la dominación romana, que comenzó en 273 a.C., la ciudad experimentó un renovado florecimiento de sus ctividades económicas y culturales. Se levantaron nuevos y grandes edificios públicos como el anfiteatro, el foro y el gimnasio, que aún hoy se pueden apreciar. Con el tiempo, Paestum se redujo a una pequeña aldea alrededor del templo de Ceres, más tarde transformado en iglesia cristiana. En el siglo IX d.C., los habitantes de la aldea, para salvarse de la malaria y
de los saqueos de los piratas y de los sarracenos, se refugiaron en los montes. Así fue como Poseidonia, uno de los núcleos más importantes de los griegos, se sumió en el olvido. En 1752, cuando el monarca español Carlos III (entonces rey de Nápoles) ordenó la construcción de una carretera hacia el sur de Italia (la actual estatal 18), se redescubrió la ciudad perdida de Poseidonia. Quizá, más abajo de todas estas ruinas, reposen otras, mucho más antiguas, aquellas que un día formaron las calles de la Poseidonia de los míticos atlantes.
Los Argonautas eran un grupo de héroes de la antigua Grecia entre los que se encontraban Hércules y Orfeo. Liderados por Jasón, embarcaron un día en el navío Argos para hacerse con el Vellocino de Oro que se encontraba en Cólquida, una región de la costa oriental del Mar Negro, al pie del Cáucaso. Dicho vellocino era, en realidad, la piel de un carnero sobre cuyo lomo habían huido del reino griego de Yolco dos pequeños príncipes, Frixo y Hele. Contaba la leyenda que su malvada madrastra había intentado que fueran sacrificados a los dioses para aplacar la hambruna que sufría el país. Su verdadera madre les envió el carnero salvador y, volando sobre éste, cruzaron el mar Ponto, entre Grecia y Cólquida.
A la mitad del trayecto, la pequeña Hele cayó al mar, que se llamó desde entonces Helesponto.
Frixo llegó a Cólquida, guardó la piel del carnero en un bosque sagrado y desposó a la hija del rey. La fundación de Poseidonia-Paestum pudo ser consecuencia de una larga historia que empezó en Yolco cuando Pelias, un hijo de Poseidón, entonces andano, usurpó el trono de su hermanastro Jasón, el heredero legitimo, quien ocultó a su hijo Diomedes, el futuro Jasón, en un monte donde fue educado por el centauro Quirón. Poco después, el oráculo advirtió a Pelias que moriría a manos de un hombre que usaba una sola sandalia.
Pasados varios años, Pelias participaba en un solemne sacrifido a Poseidón en una playa y conoció a un joven que llevaba sólo una sandalia. La otra la había perdido en el río Anauro por culpa del ardid de la diosa Hera quien, disfrazada de anciana, rogaba a los viajeros que la transportaran al otro lado del río. El único que se apiadó de ella fue Jasón, que la cruzó sobre sus hombros y perdió una sandalia en la travesía. Cuando Pelias, el traidor, descubrió que el joven era su sobrino y reclamaba su derecho dinástico, hizo un trato con él: le devolvería el trono a cambio de que trajera de vuelta el Vellocino de Oro. Jasón
acepto el reto y convocó a 55 hombres valerosos, los Argonautas.
Después de mil aventuras, la expedición culminó con éxito. Esta hazaña mitológica llevo a unos arqueólogos georgianos, en 1978, a explorar el territorio cercano a Cólquida, en la costa del mar Negro. Allí encontraron numerosos objetos de oro y descubrieron que los antiguos habitantes de la zona tenían la costumbre de recoger este metal precioso de los ríos con ayuda de pieles de oveja que sumergían en el agua. A la larga, las pieles se recubrían de polvo de oro, lo que pudo originar la leyenda del famoso Vellocino.
