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nazca 2 300x279 El misterio de Nazca descifrado

Líneas de Nazca

Las líneas de Nazca fueron descubiertas por el científico Paul Kosok el año 1936, quien guiado por rumores de la existencia de misteriosas líneas en el desierto en la zona sur cercana a Lima , comenzó a recorrer las líneas, a limpiarlas, a trabajar a escala hasta que descubrió en sus bocetos y apuntes el dibujo de un pájaro en pleno vuelo. A partir de entonces se dedicó al estudio de lo que él entendía como el Libro de Astronomía más grande del Mundo.

Lo impactante de la magnífica obra de geometría y astronomía de los Nazcas ha inspirado  todo tipo de hipótesis:  un calendario astronómico gigante que marcaría las estaciones del año y otros acontecimientos ligados a actividades agricólas de producción, un mapa de navegación para extraterrestres…

Finalmente, el misterioso mensaje que encerraban los geoglifos de la desértica planicie de Nazca, en el Perú, ha sido descifrado por la estudiosa Jadwiga Pasenkiewicz. Ahora sabemos que esos trazados reproducen un texto de antiquísima memoria, proveniente de una civilización muy desarrollada que habitó en nuestro planeta entre dos cataclismos que, a su turno, destruyeron casi todo vestigio de vida humana (esto ocurrió en los años 36576 y 9792 antes de Cristo, siendo este último conocido como el Diluvio Universal).*
Los hombres que grabaron los cientos de dibujos geométricos y zoomórficos en suelos y serranías de Nazca serían descendientes de aquella civilización predilúvica, aunque con toda seguridad, y según las investigaciones históricas realizadas por la señora Pasenkiewicz, su vinculación más directa habría que buscarla en el floreciente imperio de Tíahuanaco, aquel que, luego de verse varias veces destruido, alcanzó su máximo esplendor 12.000 áños antes de Cristo.

tihuanaco 300x215 El misterio de Nazca descifrado

Tinuanaco

En efecto, Tiahuanaco fue habitado en ese periodo por numerosos pueblos unidos por una misma fe religiosa: creían en un único Dios, creador del mundo, y no levantaban ninguna edificación sin dejar por todas partes el dibujo pintado, la incisión o el grabado de sus símbolos sagrados. Entre éstos estaba el huevo cosmogónico, que les recordaba la materia inerte primigenia que un buen día, por la voluntad de Dios, estalló cargada de energía dando origen al universo. O la serpiente, que encerrada en un circulo que se dilata hasta el infinito simboliza ese universo. También la cruz, como eje del mundo y freno a la actividad pecaminosa del diablo. Y el Sol, testimonio de la voluntad puesta por el Señor en el mantenimiento de la vida sobre la Tierra.
El último gran cataclismo, aquel del año 9792 a.C., más terrible que los anteriores, puso fin definitivamente a la vida del Imperio de Tiahuanaco, borró de la faz de la tierra a todos los otros reinos esparcidos por el mundo y extinguió al 80 por ciento de sus habitantes. Y como consecuencia de las potentes fuerzas telúricas desatadas, se levantó toda la región andina, elevándose muchas montañas hasta los 7 y 8 mil metros de altura. Así, los restos de Tiahuanaco que hoy conocemos fueron arrojados a la. inhóspita altitud de 4.000 metros.
De aquel entonces cuenta la crónica oral de los indígenas: “Las tierras, antes calientes, bien cultivadas, llenas de frutas y pájaros multicolores, se transformaron, en sólo cinco días, en un páramo silencioso bajo un manto de hielo.”
Tanta desolación dejó a salvo algunos grupos humanos que, habiendo perdido todo poder material, sólo guardaban en la memoria y en lo profundo del espíritu el recuerdo de sus creencias religiosas, a las que se aferraron a la hora de comenzar la reconstrucción.

Investigaciones

Justamente, la investigación en torno de esas creencias, y de su testimonio en los nuevos monumentos que levantaba la civilización renaciente, fue lo que permitió que la estudiosa Pasenkiewícz pudiera descifrar los geoglifos de Nazca.
Miles de años transcurrieron, sin dudas, hasta que el Dr. Paul Kosoc, de la universidad neoyorquina de Long Island, descubriera en junio de 1939 los geoglifos del Valle de Nazca. Los vio desde un avión en el que sobrevolaba casualmente la región, y allí asentó su vida de investigador científico hasta el año 1946, cuando entregó la posta a la famosa arqueóloga y matemática alemana María Reiche Neuman, quien durante más de 40 años se dedicó al estudio, relevamiento gráfico y conservación de ese enorme museo al aire libre, que cubre una superficie de 100 kilómetros cuadrados.
Desde luego, hubo mucha gente que se ocupó con anterioridad de este documento arqueológico, incluso algunos cronistas españoles de los tiempos de la conquista. Ahí está el caso de Cieza de León, que ya en 1537 dio cuenta de la existencia de estos trazos en la planicie de Nazca, sin atinar a comprender las formas que definían sus dibujos. Además, sabido es que el buen escriba no tenía tiempo para verificaciones arqueológicas mientras corría, presuroso, detrás de las huellas de Pizarro, camino de Cuzco, en busca del codiciado oro de los incas.


Pero sólo con el uso de aviones y helicópteros se alcanzó a captar en su real magnitud y belleza las enigmáticas grafías
que, por su gran tamaño, imponen la necesidad de su observación a distancia.

nazca 1 300x224 El misterio de Nazca descifrado

El Mono

La representación del “mono”,  que, como se verá, no es un mono precisamente, mide entre las manos y la espiral que hace las veces de cola nada menos que 80 metros. El “lagarto” del esquema 15, que tampoco es animal, alcanza los 187 metros, mientras que el pájaro de cuello en zigzag supera los 280 metros de largo.
También reproducimos en estas páginas la fotografia aérea de una araña, muy prolija en su diseño, que mide 46 metros. Esta es una pieza importante a la hora de descifrar la simbología de estos diseños, ya que se trata de una gigantesca “firma”, al pie de la obra de arte, que los creadores de aquella civilización predilúvica acostumbraban grabar en sus monumentos y esculturas.

Un calendario astronómico

Así es como también desde el aire se observa el despliegue de centenares de sendas rectas (de hasta 10 kilómetros de largo, figuras geométricas y espirales de doble hélice que se interconectan y forman un hermoso y enigmático tramado que va enlazando la serie de siluetas zoomórficas, entre las que se destacan 18 tipos diferentes de aves.
“Las líneas trazadas en la planicie de Nazca indican las relaciones recíprocas entre las estrellas fijas y las errantes -nos adelanta Jadwiga Pasenkiewicz-. También el movimiento de los planetas, del Sol y de la Luna, el desplazamiento de 12 constelaciones de la eclíptica ecuatorial celeste y la posición de Orión, usada como punto de referencia para estos cálculos. Es posible pensar que este mapa del cielo tome como punto de partida el año 9972 a.C., fecha del Diluvio, representando una suerte de calendario astronómico“.

Figuras humanas en los cerros de Nazca

También se pueden ver figuras humanas en este sorprende museo arqueológico, pero sólo grabadas en las laderas de los cerros de Nazca. Los investigadores encuentran que estas figuras trazadas en bajorrelieve presentan un diseño de menor calidad gráfica que las de la planicie.
En este sentido, vale la pena llamar la atención sobre la armonía estética de las formas y la gracia de los trazos de las figuras zoomórficas, lo que habla de gentes que al grabar estos mensajes antediluvianos sobre el suelo pedregoso lo hacían con devoción, amor y elevado espíritu; de allí la belleza resultante.

El valle de Nazca

Pero ¿cómo se logró que todo esto llegue intacto hasta nuestros días? gracias a la famosa corriente de Humboldt, que recorre por allí cerca la costa del Pacífico. Lo cual provee al Valle de Nazca de un microclima ideal, donde se supone que nunca hubo huracanes ni tempestades y ni siquiera lluvias torrenciales, durante miles y miles de años.

Por esa planicie, de unos 60 kilómetros de largo, sólo corre un viento constante, intenso por momentos, conocido como virazón, que sopla desde el océano con dirección SO-NE. El suelo donde se realizaron los famosos grabados está formado por una espesa capa de piedras doradas por el sol, con alto contepido de óxido de hierro. Este pedregal se asienta sobre un sedimento muy firme y adherente (arcilla y yeso). De esta forma, los trazos, que calan entre 20 y 30 centímetros, lucen claramente por el contraste entre el pavimento rojizo y los canales amarillentos.
Para el Dr. Kosoc, estaríamos tan sólo ante un gran calendario celeste, que sirve para fijar en la memoria movimientos astrales y que cumple a la vez otros fines prácticos, como el señalamiento de los tiempos de siembra y cosecha (si es que alguna vez pudo haberlas en ese desierto), de pesca también y de festividades religiosas.
Maria Reiche, quien coincidía en todo ello con su maestro, dio un paso más adelante y definió: “Los dibujos geométricos dan la impresión dé ser una escritura simbólica”.
Y acertó: son una escritura simbólica, ideada para que permanezca a través de los tiempos, porque el mensaje que se deseaba transmitir contenía enseñanzas eternas. Faltaba tan sólo la correcta interpretación, que hubiera sido imposible de descubrir sin dar con la clave principal: conocer el pensamiento y las creencias del pueblo que concibió la idea de realizar esos geoglifos. Es decir: conocer su historia.
Es aquí donde interviene Jadwiga Pasenkiewicz, quien tras doce años de estudios sobre estas civilizaciones antediluvianas encontró la justa llave de lectura para interpretar los dibujos de Nazca.
Nos habla de la historia del gran pueblo de “Los hijos de Dios”, la que ella ha logrado reconstruir tras largos años de investigación. Aquellos hombres se establecieron en tiempos inmemoriales en la zona andina de Sudamérica, donde alcanzaron un alto grado de civilización. Tenían grandes conocimientos astronómicos, los que reflejaban en sus escritos sagrados que no sólo anotaban en telas y papeles especiales, sino que acostumbraban grabar en los muros de sus templos.
“Tenían su propia Biblia”, nos confirma la señora Pasenkiewicz.
La vida de los antiguos habitantes del continente americano se desarrolló en tres épocas diferentes: primero, aquella de los reinos e imperios prediluvianos, cuando fue escrita la “Biblia”. La segunda se inicia con el gran cataclismo del año 9792 a.C., que destruyó civilizaciones y dio origen a un larguisimo período de insegura soledad y terribles sufrimientos para los pocos sobrevivientes.
Al término de esta época de difícil reencuentro con lo mejor de su herencia (su fe religiosa y sus conocimientos científicos), lograron ir creando condiciones de vida similares a las que habían arrasado las aguas, terremotos y erupciones volcánicas. Llegaron incluso a reconstruir antiguos emplazamientos según planos “sagrados” que habían heredado de la patria desaparecida, guiados por la casta sacerdotal, verdadera artífice del renacimiento de esos pueblos.
Fue retomada la construcción de templos y pirámides y comenzaron a celebrarse nuevamente las fastuosas liturgias de antaño, que volvían a moldear la existencia cotidiana de los habitantes según los eternos mandamientos religiosos. Siempre a la cabeza de todo el Sol, considerado como símbolo y manifestación de la voluntad del Creador, dispensador de la vida.
La tercera época es ya conocida por muchos. Es la que vio asentarse las maravillosas civilizaciones de los Mayas, los Olmecas y los Toltecas. Y también aquellas andinas y subandinas preincaicas todavía poco estudiadas, descendientes de las que habitaron Tiahuanaco.
La casta sacerdotal, preservadora no sólo del conocimiento sagrado sino del científico, tuvo la constancia de transmitir sabiduría hacia el futuro mediante dos medios de comunicación eficaces: la memoria colectiva de las gentes y la piedra esculpida.

Toda la historia de este gran imperio antediluviano -cuyos sacerdotes fueron depositarios del texto que acabamos de conocer-, así como la vida de algunas de sus dinastías, la organización estatal y la administración de aquel país, los usos y costumbres de su población, sus conquistas, sus grandes descubrimientos científicos y, por último, su reencuentro con la vida civilizada luego de los grandes cataclismos los ha terminado de exponer documentadamente en un libro que acaba de escribir y que se propone editar en el curso de los próximos meses.

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