De entre las incontables actividades desempeñadas por el Hombre, una de las más antiguas es a buen seguro la criptografía. Tal vez no sea la más primitiva, desde luego, pero sí es cierto que su origen se pierde en el tiempo. Nació el mismo día en que un homínido cogió un tizón y pintó un símbolo en una pared, o en la corteza de un árbol, o la grabó en una piedra para que en los siglos venideros se rompieran la cabeza buscando su significado.

Criptex de Leonardo DaVinci
La palabra criptografía, etimológicamente, se forma mediante la unión de los términos griegos krypto (escondido, oculto) y graphé (escritura). Por lo tanto, con esta palabra, nos estamos refiriendo a toda escritura manipulada para ocultar un mensaje secreto, instrumentado a través de una clave. Es disimular en una información otra que sólo puede ser comprendida por una persona o grupo que posee la llave para su interpretación. Hay que distinguirla de otras dos disciplinas muy cercanas y complementadas, la Semiología, materia encargada de estudiar los signos que vertebran la comunicación en la vida social, y la Hermenéutica (de Hermes Trimegisto, el dios egipcio Tot transmisor de las ciencias ocultas), arte de interpretar los textos, sobre todo los sagrados, para fijar su verdadero sentido.
Los antiguos encriptadores
Términos como información e informática han sido acuñados hoy, pero el concepto que representan es muy antiguo; tanto, que nada más nacer el pensamiento abstracto, los conocimientos se plasmaron en signos y símbolos que pudieran ser transmitidos y perpetuados. Éstos contenían información que podía presentarse de muchas formas. Inmediatamente surge la necesidad de restringir los significados a sólo unos destinatarios seleccionados, para que su conocimiento no constituyese un arma de poder en manos de enemigos.
Esto lo suponemos por la propia dinámica de la vida humana, pero en realidad, los primeros indicios del uso de este tipo de manipulaciones se detectan en Mesopotamia y Caldea, y posteriormente en Egipto, India y China. El conocido I Ching, compilado por el hijo de Wang Wen, fundador de la dinastía Chou (1122 a. de C.), es un código de interpretación de las mutaciones naturales mediante un sistema cifrado hexadecimal que sólo podían interpretar los iniciados mediante complicadas tablas oraculares. En el año 400 a. de C., en Esparta se escribían los mensajes en un papiro espiral. La escritura se efectuaba en sus vueltas y de arriba abajo. Una vez desplegado, se veía una serie de letras inconexas. Sólo podía ser leído si se doblaba en la misma posición que había sido escrito. En la práctica cabalística que se empleó en los textos hebraicos y, por tanto, la Biblia, se sustituían unas letras por otras. Por ejemplo, Babilonia, en Jeremías 25:26, aparece como Sheshech.
Julio César es el autor del primer método documentado de encriptación basado en la permutación serial. Era tan ingenuo y simple como sustituir cada letra por la tercera siguiente en el alfabeto (CAESAR – FDHVDU). Algunos manuscritos medievales son un prodigio en cuanto a la dificultad para interpretarlos correctamente, puesto que no se han conservado indicios de los métodos con los que se cifraron. Uno especialmente complicado es el conocido como ?Laberinto del Rey Silo?, situado en la iglesia de Santianes de Pravia. Geoffrey Chaucer, en un libro de Astronomía escrito en 1390, incorpora textos codificados. León Battista Alberti publica en 1470 su Tratado dé cifras, un avance de los actuales algoritmos de encriptación de textos mediante un código automático.
Sabemos que Leonardo da Vinci incluyó una clave en sus descubrimientos para hacerlos de difícil comprensión para los no iniciados. El método empleado era escribirlos de derecha a izquierda. Se haría necesario utilizar un espejo para comprenderlos.
Galileo se sirvió de un truco criptográfico para ocultar su descubrimiento en el siguiente texto:
?SMAISMRMILMEPOETALEUMIBUNENUGTTAURIAS?
Nadie podría decir que afirmaba algo en concreto; sin embargo, se reservaba la autoría de la frase aportando el código capaz de descifrarla posteriormente que, además, murió con él. Keppler, lo traducida así. Salve umbistineum geminatum Martia proles -Salud, ignotos hermanos, prole marciana-. Parece ser que esta interpretación no era la más certera. Otros apuntan la siguiente traducción: Altisimum planetam tergeminum observavi -He observado que el planeta más alto (Saturno) es triple-.
La criptografía se convierte en un arte
El más significado de todos los criptografistas del Renacimiento es Loannes Trithemio, abad de Sponheim, nacido en 1462 y muerto en 1516. Fue maestro de Paracelso, a quien introdujo en la astrología y la magia. Escribió algún tratado contra las brujas, pero a él se le tenía por tal. Es el primer criptografista moderno. Su obra Steganographia (1500), publicada por Joseph Peterson en 1998, parece un tratado sobre una sistemática angélica, pero, en realidad, se trata de un sofisticado método de criptografía. Parte de la ciencia del conocimiento incorpora un método de aprendizaje acelerado y de búsqueda de mensajes ocultos en los textos sagrados. El original fue parcialmente destruido, sobre todo en sus partes dedicadas a las artes predictorias y adivinatorias, pero se ha reconstruido con copias en latín, cuya publicación está fechada en 1606. Con él la criptografía se convierte en arte y tecnología. Su aportación más original es la creación de la ?tabla ajustada?, que permite la sustitución de signos gráficos. Otra importante obra de este autores El arte de dibujar espíritus en cristales.
También podemos incluir los trabajos de Giordano Bruno, nacido en 1548 y muerto injustamente en la hoguera de la Inquisición en 1600. En su libro Magia Mathematica, escrito en latín, relata una serie de operaciones mágicas con caracteres, sellos y figuras empleados en la confección de textos cifrados.
Pero el más importante criptografista de esta época, por su vasta y enigmática obra, es John Dee, que vive entre los años 1527 y 1608. Este hombre, que trabajaba para los servicios de inteligencia de la reina Isabel, consultor científico y descifrador de códigos, tenía curiosamente el nombre en clave de 007. Es discípulo de Roger Bacon, que le transmitirá sus métodos de trabajo. Más que un místico más o menos folclórico o un excéntrico que gustaba de vestirse como un mago, era un hombre dedicado a trabajar en sistemas alfanuméricos de cifrado. Los conocidos como Tablas de Etiros o torres místicas de vigía son grupos de sustitución muy complejos, nominados con tres letras, y su comprensión, incluso hoy día está lejos de ser óptima, tal y como nos cuenta Richard Deacon en John Dee, Londres, 1968. La originalidad de su método consiste en una antelación del sistema binario, es decir, la representación de mensajes discretos con tan solo dos letras ?a? y ?b?. La A, por ejemplo sería ?aaaaa?, y la Z, ?babbb?. Si reemplazamos las dos letras por 0 y 1 tendremos el moderno código máquina, base de los ordenadores actuales (habría que reflexionar aquí para retomar desde una perspectiva actual la vieja discusión sobre si estos ?magos? eran simplemente unos charlatanes supersticiosos e irracionales o tenían acceso a conocimientos secretos, pero universales, que hoy día usan los ?científicos? serios sin pudor para desarrollar las nuevas tecnologías).
Su obra más importante son cinco libros de ejercicios místicos, El libro sexto y santo de los misterios -Liber loagaeth-, supuestamente revelado por los ángeles y conocido mundialmente como El Libro de Enoc, que en su título descriptivo se presenta como El libro de los secretos y la llave de este mundo. También escribió un índice de los términos del mismo y un grimorio denominado De Heptarchia Mystíca.
El Libro de Enoc fue escrito a mano por Edward Kelly, el principal colaborador de Dee en 1583, y está formado por 101 tablillas de signos distribuidos aparentemente de forma aleatoria en unas cuadrículas (en general de 49 x 49, aunque hay algunas de 36 x 72). En él habría ocultado el significado de sus textos a casi todo el mundo hasta llegar a nuestros días. Es lo que se conoce como lenguaje enoquiano.
Pero alguien debió de acceder a sus secretos, porque hoy en día conocemos una extraordinaria historia sobre esta obra, que tiene todos los matices novelescos que queramos ponerle. David Lang-Ford, informático, en un difícil trabajo desempeñado durante muchos meses, asumió la tarea de encontrar su cifrado secreto, que resultó ser de tipo binario. Su trabajo Desciframiento del manuscrito de John Dee fue publicado en España por la mítica y desaparecida revista Mundo Desconocido, dirigida por Andreas Faber Kaiser, en su monográfico número 2 -abril de 1981-. Una vez encontrada la clave, los textos se correspondían, tanto en las historias como en los personajes, con la mitología fantástica que había divulgado en su obra el novelista Howard Phiilips Lovecraft. Eran los del diabólico y prohibido Necronomicón, escrito, según él, por el árabe loco Abdul Alhazred. Parece ser que el visionado novelista que odiaba el mar habría pertenecido o contactado con algún grupo o sociedad que habría perpetuado la traducción y el mensaje del Libro de Enoc. Un misterio que nos ha legado el tiempo y aún dará mucho trabajo a los exegetas, tanto de Lovecraft, como de Dee.
El desarrollo de una técnica
Entre estos hombres y nosotros han transcurrido cuatro siglos aproximadamente. Como podrá pensarse de forma razonable, la criptografía ha tenido desde entonces y hasta ahora un desarrollo cotidiano. Por ejemplo sectas, conspiradores, militares, sociedades secretas de todo tipo han elaborado sus textos encriptados con el fin de transmitir mensajes e informaciones incomprensibles para los demás. Desde formas tan sencillas como escribir las palabras del revés, trasladar la primera letra al final de las palabras, crear textos acrósticos, o sea, aquellos en que las palabras o letras primeras, centrales o finales forman una frase, jeroglíficos que remedan aquellos que decoran las paredes de los templos egipcios (hoy sabemos que no eran ideogramas, sino letras). Casi todo el mundo, siendo niño o mayor, ha jugado incluyendo una sílaba fija entre todas las de una palabra. Podríamos citar muchísimos métodos de encriptar, incluso ejemplos en los que se ha utilizado la prensa escrita para dar una señal al inicio de una batalla o conspiración.
Sin embargo, para hablar en términos de misterio e intriga más cercanos, tenemos que ir a 1917, fecha en la que se considera que nace la moderna criptografía militar. En este año, el servicio de Inteligencia Naval del Reino Unido hizo llegar hasta EEUU un mensaje interceptado del embajador alemán en México a su gobierno. En él se le autorizaba a negociar un acuerdo para que los aztecas les favorecieran en la I Guerra Mundial. Se les compensaría con Nuevo México, Arizona y Texas. Este texto, conocido como ?Telegrama Zimmermann?, lleva a los americanos a unirse al bando aliado contra Alemania. Esto ocasiona- ría la creación de cuerpos especializados que, por ejemplo, rompieron los códigos de la máquina alemana Enigma, en la 11 Guerra Mundial, así como los mensajes japoneses. Se puede añadir que se recodificó incluso el código morse para hacer- lo incomprensible al enemigo y que invariablemente era ‘destripado” en poco tiempo.
Es en 1926 cuando G. S. Vernam, ingeniero de la Ametican Telephone and Telegraph Company, publica un método muy parecido al que ya hemos citado de Julio César, pero que se sirve de la numeración binada. Nace de la creación de algoritmos capaces de manipular los escritos. Poco a poco van ganando en complejidad, sobre todo porque en la década de los 60, entran en el juego los ordenadores como herramienta fundamental. Es el nacimiento de una ciencia, vieja y nueva a la vez: la Criptología.
