Leyendas y creencias sobre la Luna


      
29 diciembre 2010. Categoría: Leyendas Etiquetas: .

Los misterios atribuidos a la Luna, han sido por siempre origen de leyendas en todo el mundo. Muchas de ellas se relacionan curiosamente, con los descubrimientos posteriores efectuados por la Astrología y la Astronomía.

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Las narraciones tradicionales sobre la Luna, como las de tantas otras deidades provenientes del cielo que vinieron a guiar a los hombres, carecen en su mayoría de realidad. Sin embargo, es innegable que sus datos enigmáticos, ejercen aún en nuestros días una maravillosa fascinación.
En América, en 1930, los norteamericanos descubrieron en medio de un pantano un islote donde una vez se había levantado la ciudad de La Venta, capital del pueblo Olmeca, una civilización antigua cuyos habitantes construyeron las enormes cabezas de rasgos entre humanos y felinos. Este pueblo, poseedor de grandes riquezas en oro, plata y piedras preciosas, adoraba dos divinidades femeninas: las diosas de la Tierra y de la Luna. A esta última, atribuían la conservación de sus bienes, además de saber ya que regulaba la siembra y el crecimiento de los vegetales, así como también el ciclo de la mujer y otros fenómenos que aún hoy siguen siendo un misterio.
En Teotihuacán, pueblo azteca ubicado cerca de la ciudad de México, se encuentran las dos pirámides consagradas al Sol y a la Luna. Según la leyenda de ese lugar, la diosa lunar fue hechizada y encerrada bajo uno de los monumentos, en un gran bloque de cristal, donde aún sigue durmiendo.
Una interesante leyenda es la de los pueblos habitantes en la región del lago Titicaca entre Perú y Bolivia. Allí se adoraba a la Luna bajo el nombre de Ka-Ata-Killa, creada por el dios Viracocha Pachacayaki, creador de todas las cosas. La Luna, como venganza en un momento de su reinado, habría provocado un cataclismo precipitándose sobre la Tierra. La única familia sobreviviente, en señal de agradecimiento, habría construido la ciudad de Tiahuanaco: estas ruinas son todavía uno de los más grandes misterios mundiales.
Prueba de que en toda América precolombina se adoraba a nuestro satélite, es el juego de baloncesto, consagrado en todos los pueblos indígenas americanos, a la diosa Luna y sus movimientos.
Notables son las “coincidencias” que unen por sus similitudes, a pueblos totalmente distantes: Los indios chimús del Perú, adoraban a la diosa lunar Sin An, en tanto que el dios (masculino) de la Luna asirio babilonio, padre de Samas (dios del Sol) y de Ishtar (diosa del amor y la fecundidad), se llamaba Sin.

El sexo de la Luna

Se ha dado en una misma civilización, que se atribuya a la Luna sexo masculino y femenino en distintas etapas. Sobre el Nilo, Isis, hermana y esposa de Osiris, era la diosa de la fertilidad y de la Naturaleza. En la zona del Egipto helenizado, sin embargo, la Luna era considerada masculina y recibía el nombre de Thot. Este dios era el inventor de la escritura, las artes y la ciencia, y un gran legislador.
La dualidad de nuestro satélite también fue una preocupación de los pueblos primitivos: la virgen romana Artemisa, protectora de bosques y selvas, poseía además la fama de una infalible cazadora.

La Luna y la sensibilidad

La Luna representa desde la astrología, los aspectos de sensibilidad del ser.
Los antiguos egipcios creían que la vida había cesado de ser eterna cuando los hombres dejaron de hacer ofrendas a los dioses. La tierra se despoblaba, y un gran mago envió a ella un hombre y una mujer que tuvieron varios hijos. Uno de ellos, un sensible gigante llamado Luna, peleaba sin cesar con sus hermanos, y por ello fue enviado al cielo como cuerpo luminoso, que recibió su mismo nombre.
En Lituania se relataba que el dios Luna se había enamorado de la estrella Venus y que su esposa (el Sol) , al sentirse traicionada, lo castigaba periódicamente mordiéndolo y quitándole un pedazo.
También los chinos tenían sus leyendas en las que muestran las debilidades de los hombres: Tras sus hazañas, un arquero había recibido de los dioses una recompensa: la bebida de la inmortalidad. T´shang-Go, su esposa, tomó la bebida y perseguida por su esposo, habría huido al cielo cobijándose en el astro, que la protegió.
Pueblos como el iraní, creen que las almas usan a la Luna como escala antes de llegar al Sol. Y en la India el satélite es el lugar de descanso de las almas que esperan la reencarnación.

La serpiente cósmica

Otra imagen recurrente en las mitologías del mundo, es la serpiente cósmica. En Indonesia, este ser escupe a la Luna. En otras civilizaciones aprieta a todos los cuerpos celestes que se encontraban agrupados, liberándolos y disponiéndolos según su distribución actual.
Los antiguos griegos afirmaban que la Tierra no tenía satélite, a tal punto que llamaban a sus antepasados “preselenitas” (los que vivieron antes que la Luna). Al nacer la mitología helénica, apareció Selene, una bella muchacha heredera del titán Iperión, a la que se presentó a veces como hermana, otras como hija o esposa del Sol, hasta que se la transformó en el astro que hoy vemos en el cielo. Pasó así de ser una diosa benéfica, cuyo dominio se extendía al cielo, la Tierra y maléfica en el mar, recibiendo los nombres de Febea, (cielo), Trivia (Tierra), pero a quien más tarde se la vistió de negro, como , capaz de realizar magias y sortilegios Hécate (mar).
Grande es la similitud en la mitología de muchos pueblos a lo largo del globo terráqueo, en los que aparece la creencia de que la Luna, en un principio, formaba parte de la Tierra.

En Nueva Guinea la leyenda relata la historia del satélite como un gran objeto brillante sumergido en las profundidades de la tierra, que fue robado por un hombre. Sin embargo éste no pudo retenerlo pues, para conservar su independencia, el tesoro comenzó a agrandarse elevándose en el cielo, donde halló su morada definitiva.
Otra antigua creencia afirmaba que el satélite se había elevado desde el océano Pacífico y en algún momento había sido despedida (o había emprendido la retirada por cuenta propia) al lugar donde hoy se encuentra. Parte de esta leyenda afirma que la Luna nunca pudo olvidar su lugar de origen, y por ello ejerce sobre la Tierra y sus habitantes, tanta influencia.

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