Mandala significa círculo en sánscrito, pero más allá de su definición como palabra, los mandalas representan la totalidad de nuestro ser. Un diagrama cósmico que nos recuerda nuestra relación con el infinito. Nos ayuda a centrarnos, a encontrar la calma, y el equilibrio que permite transformar el entorno y la mente. Constituyen una verdadera herramienta de crecimiento. Las formas básicas más utilizadas son: el círculo, el cuadrado y el triángulo.

Los mandalas acompañan desde tiempos remotos a todas las religiones, están presentes en las artes del islam, en los rosetones de las catedrales, en la representación de los chakras, o en las culturas indígenas de América. Para la creación de sus mandalas los lamas tibetanos suelen utilizar arena coloreada.

Hacen una representación del universo en un esfuerzo creativo que dura varias semanas. Una vez finalizado, el mandala se destruye mediante una ceremonia, y se arroja a las aguas de un río o mar, como símbolo de la transitoriedad de las cosas y del desapego.
La contemplación del mandala nos permite llegar a la meditación y a la concentración, aportándonos sosiego y calma interna.
Trabajar con ellos favorece el despertar de nuestra creatividad, y de nuestra energía evolutiva. Son la fusión del cuerpo y el espíritu.

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