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En cuanto eran desembarcados en territorio cubano, los esclavos negros destinados al trabajo de la caña de azúcar caían en manos del clero español que intentaba evangelizarlos, convertirles en buenos cristianos y buenos salvajes. Convertidos a la fuerza, aquellos esclavos practicaban, a pesar de todo y clandestinamente, sus antiguos cultos. Así nació la santería, que combina alegremente las creencias afro-cristianas y las fiestas más locas y más espectaculares.

Ochún, Olokun y Obbatala.

Los santos africanos adorados por los adeptos a la santería se llaman orishas y se mezclan con los personajes de la religión cristiana en un sincretismo perfecto. Los adeptos a la santería identifican Ochún – diosa del Oro, de la Sensualidad y del Amor – con la Virgen de la Caridad del Cobre. Cuenta la leyenda que Ochún era una mujer mulata sensual a la que, siendo virgen, le gustaba bailar desnuda en los ríos y cubría, a veces, su cuerpo de miel para atraer a los golosos. Es la señora del agua salada, del mar y de los peces. Su “vehículo”, Olokum, es el dueño de las profundidades y, si se le ve, causa inmediatamente la muerte.

Yemaya, su hermana negra, es la diosa del mar y se asocia a la Virgen de la Regla, equivalente a San Francisco de Asís, es el dueño del collar que predice el porvenir (ekuele).

Adivino, se le consulta antes de emprender un viaje, pues protege la casa: una piedra tras la puerta de entrada lo simboliza.

Chango, señor del fuego y de la guerra, obsesionado por el dinero y las mujeres, se asocia a Santa Bárbara.

El hermafrodita Obbtala simboliza la pureza, la justicia y el saber.

El Museo de la Santería , en Guanabacoa.

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Altar santero cubano

No es raro encontrar en la misma casa un altar consagrado al culto católico y otro a los orishas animistas. En éste último , las dos muñecas una negra y una blanca, simboliza los distintos rostros de los orishas y de la Virgen. Los altares de la santería están siempre provistos de ofrendas y flores.

Los trances africanos.

Una ceremonia de santería es la ocasión para que un iniciado rinda homenaja a un orisha. Se trata de una verdadera fiesta al compás de los tambores y danzas, punteada por ofrendas, sacrificios de pollos y trances. La cadencia de los ritmos aumenta poco a poco hasta hacerse lacerante y turbadora. El objetivo es lograr que la divinidad entre en el cuerpo del iniciado, por catarsis, para que éste sea posaído por el santo, que puede entonces ser interrogado y anunciar profecías. Las divinidades de la santería, siempre con doble faceta, pueden manifestarse de modo positivo o negativo. De este modo, puede invocarse un santo y escuchar la voz de un demonio.

El babalao (sacerdote) dirige y canalizala ceremonia lo mejor que puede. Los vestidos tradicionales tienen gran importancia en la realización de las danzas, los ritos y los trances.

El santo sólo querrá apoderarse del cuerpo del oficiante si la envoltura de este último le conviene: a Ochún le gusta el amarillo, las conchas, las plumas y los bordados; a Chango el rojo, la sangre; a Yemaya, diosa del mar, le gusta el azul.

Los cantos, las danzas, las ofrendas duran hasta que cae la noche: las ceremonias deben terminar a la puesta de sol, pero por lo general no se clausuran sin muchas libaciones y muy entrada la noche.

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